EL ENIGMA DEL MAL, por Luis Seguí

Esta obra se ocupa del mal y de la condición humana. En concreto del mal que nos constituye y con el que vivimos, el mal que refleja nuestra ruindad y bajeza. El mal no solo está fuera, en los otros, sino dentro, en cada uno de nosotros. El mal no es una abstracción. De él se podría decir aquello que señalaba Foucault con respecto al poder, cuando destacaba que transita transversalmente y no está quieto en los individuos. El mal es polimorfo y posee el don de la ubicuidad.

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FUNNY GAMES, 1997, MICHAEL HANEKE

Humillación, tortura, desprecio, asesinato, genocidio, sea cual sea la expresión que adquiera, el mal y la posibilidad de que se encarne en ciertos sujetos es, como afirma el autor, “inherente a la condición humana”. La presencia de la maldad en la condición humana está fuera de toda duda. De no ser así, la civilización y las leyes estarían de más. Precisamente porque la voluntad desfallece cuando se trata de contener y dominar las pulsiones, se hace necesaria la ley como límite al goce y al poderío de lo real, una ley que asegure cierta convivencia social.

A menudo tiene uno la impresión de que la historia es una crónica de humillaciones, crímenes y guerras, una sucesión de acontecimientos donde prevalece el egoísmo, la cosificación del otro y la búsqueda de satisfacción propia sin tener en cuenta las consecuencias. Esa sombra cubre los mitos fundacionales de nuestra cultura, como leemos en la sangrienta Teogonía de Hesíodo. Pero se realza también en manifestaciones de apariencia banal, como las estudiadas por Hannah Arendt a propósito del abnegado criminal nazi Adolf Eichmann.

En el fondo, todos compartimos algo de esa esencia siniestra que Stevenson plasmó en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Incluso personas de una talla intelectual deslumbrante se deslizan por la pendiente de la iniquidad, como es el conocido caso de Heidegger, de quien su alumno Gadamer, como anotó G. Steiner (La barbarie de la ignorancia), dijo un día: “Martin Heidegger fue el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”. Bien sea por lo que vemos en nosotros, en los otros o en la historia, uno está tentado a afirmar el carácter ontológico del mal.

En los tiempos que corren, con razón escribe Safranski (El mal o el drama de la libertad) que no hace falta recurrir al diablo para entender el mal. Lo cierto es que esa referencia sigue vigente y contrasta con la desarrollada por Freud en sus escritos sobre este particular, en especial en El malestar en la cultura (1930). Con los argumentos más enérgicos y mejor enlazados, Freud desarrolló en ella la idea de la maldad esencial del hombre. Proveniente de un odio primordial, la tendencia del hombre al mal, a la agresión, la crueldad y la destrucción, incide tanto en el funcionamiento personal como social y es la impulsora de múltiples desastres. A sus ojos, la misericordia, la mansedumbre y la amabilidad atribuidas al hombre son pura engañifa. Al menos, una parte importante de la agresividad, achacada a la “dotación pulsional”, se manifiesta en la relación con los semejantes.

A través de otra ruta interpretativa a la seguida por Freud, la pseudociencia médico-psicológica ha vinculado el mal al error, la anormalidad y la enfermedad. Al mismo tiempo que se agrandaba la ideología de las enfermedades mentales a lo largo del siglo XIX, las relaciones entre la locura y la maldad comenzaron a concebirse como causa y consecuencia. Según ellos, algún poder oculto, ya no demoniaco sino enfermizo, actúa en el malvado a modo de “impulso irresistible”. La asociación de la locura con la maldad fue una constante en el periodo clásico de la psicopatología.

A diferencia de otros ingredientes de la condición humana, el mal acentúa la insuficiencia de nuestro saber. Hay algo que nos ciega cuando lo miramos de frente. Algo que nos estremece y nos hace retroceder precisamente porque nos reconocemos en ese horror.

Jose María Álvarez, en el prólogo del libro de  Luis Seguí EL ENIGMA DEL MAL. Fondo de cultura económica, 2016.

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LOS NO LUGARES. ESPACIOS DEL ANONIMATO. MARC AUGÉ

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“Los individuos, por simples que se los imagine, no lo son nunca lo bastante como para no situarse con respecto al orden que les asigna un lugar”

Marc Augé acuña el término de “no lugar” en la década de los 90 como paradigma de lo que él denomina la sobremodernidad. Los no lugares son espacios propiamente contemporáneos, transitorios y anónimos. Estaciones de trenes, centros comerciales y turísticos, campos de refugiados, cajeros automáticos y lugares de paso, son algunas de sus representaciones en la actualidad.

En su epílogo, el autor señala que reencontrar el no lugar del espacio puede implicar escapar a la coacción totalitaria del lugar para, sin duda, encontrarse con algo que se parezca a la libertad.

El lugar se cumple por la palabra

El lugar se cumple por la palabra, el intercambio alusivo de algunas palabras de pasada, en la connivencia y la intimidad cómplice de los hablantes. Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. Seguir leyendo

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Los protocolos: Un lenguaje mudo y estándar, ideado para protegerse de la vida. Un texto de Silvia Navarro

El 25 de octubre, el colectivo Aldarrikatu tuvo ocasión de conversar con Silvia Navarro en torno a su último libro “Saber femenino, vida y acción social”. El encuentro tuvo lugar en el Hika Ateneo, en Bilbao.

Silvia Navarro ha desarrollado una amplia y diversa carrera profesional en el campo de la acción social, tanto a nivel local como institucional. Es trabajadora social y docente en diversas universidades, y actualmente participa como facilitadora en procesos de innovación y aprendizaje en el marco del proyecto “Rayuela Creactiva”.

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La presentación tuvo lugar en el HIKA ATENEO, Bilbao

Formas alternativas de saber

En su texto, Silvia aborda la necesidad de avanzar hacia formas de saber alternativas en el campo de la intervención social. Es decir, frente a la lógica hegemónica basada en el protocolo, las normativas, el control y la vigilancia de los cuerpos bajo el dominio de una razón instrumental, (que precisamente obtiene su potencia de los cálculos, las estadísticas y el cientificismo de época), se pueden buscar otras alternativas. ¿Cómo generar una acción social que se sostenga de formas alternativas de saber? o dicho con otras palabras, ¿Cómo hacer una praxis que subvierta, en cierta medida, el discurso dominante?

El protocolo: un conjuro eficaz

“Hemos protocolarizado la vida buscando ansiosamente un conjuro eficaz que nos libere de toda responsabilidad” Silvia Navarro

Efectivamente, el furor de los protocolos viene precisamente a taponar la emergencia de un sujeto, un sujeto responsable. Tanto del lado del profesional, los protocolos tapan su angustia pero a costa de borrar su acto (clínico, educativo, social), como del lado de las personas que, por diversos motivos, nos dirigimos a una institución. Hay pues, un borramiento del sujeto y de su singularidad.

“Los trámites, los cálculos, los protocolos y las normativas lo inundan todo, llenándolo de silencio porque el suyo es un lenguaje mudo y estándar, ideado para protegerse de la vida” SN Seguir leyendo

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YO DESERTOR DE UNA RAZA DE AUTISTAS, por Birger Sellin

Cuando en 1993 Birger Sellin publicó su primer libro, Quiero dejar de ser un dentrodemi, todos aquellos que pudieron leer sus crónicas quedaron impactados y maravillados: se trataba de un texto escrito por un joven autista de veinte años que desde que tenía dos había vivido sin pronunciar una palabra.

Era la primera vez que se tenía acceso directo al silencioso mundo del autismo, y este hecho supuso una conmoción que operó una grieta en el saber científico de la época sobre este particular. Del mismo modo, los diferentes abordajes (clínicos, educativos, sociales) que hasta el momento se organizaban en torno a este acontecimiento vital entraban en crisis frente a lo inexpugnable de esta posición subjetiva.

El pianista

El pianista, 2002, Roman Polanski

El joven Birger había logrado bordear el muro de la incomunicación gracias a una técnica nueva, pero sencilla, denominada facilitated communication. Con la simple, pero imprescindible, ayuda de una persona que sostenía su antebrazo sobre el teclado, Birger empezó a escribir mostrando que había aprendido a leer por su cuenta, dando precisa cuenta de todo cuanto se había hecho y dicho a su alrededor.

“No debe haber instituciones como las que tenemos. Ellas autárquicas os azogan a vosotros superimpecables, necios autistas. Yo quiero una especie de irritantes faroleros que también sean autistas como nosotros, eso quiere uno como yo pues m,e desgaarra tenzeeer qe daros deseiengaños. Vostdros sois tambvien para mi odiosos egoístas que por repugnantes motivosmee des trozais. Quereis que no cure para que estéis tranquilos, noos creo.” Seguir leyendo

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