LOS NO LUGARES. ESPACIOS DEL ANONIMATO. MARC AUGÉ

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“Los individuos, por simples que se los imagine, no lo son nunca lo bastante como para no situarse con respecto al orden que les asigna un lugar”

Marc Augé acuña el término de “no lugar” en la década de los 90 como paradigma de lo que él denomina la sobremodernidad. Los no lugares son espacios propiamente contemporáneos, transitorios y anónimos. Estaciones de trenes, centros comerciales y turísticos, campos de refugiados, cajeros automáticos y lugares de paso, son algunas de sus representaciones en la actualidad.

En su epílogo, el autor señala que reencontrar el no lugar del espacio puede implicar escapar a la coacción totalitaria del lugar para, sin duda, encontrarse con algo que se parezca a la libertad.

El lugar se cumple por la palabra

El lugar se cumple por la palabra, el intercambio alusivo de algunas palabras de pasada, en la connivencia y la intimidad cómplice de los hablantes. Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar.

La hipótesis aquí defendida es que la sobremodernidad es productora de no lugares. Un mundo donde se multiplican, en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales (las cadenas de hoteles, los campos de refugiados, los clubes de vacaciones, aeropuertos, una apretada red de medios de transporte que son también espacios habitados, los distribuidores automáticos, las tarjetas de crédito…), un mundo así prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero, al pasaje, propone un objeto nuevo cuyas dimensiones inéditas conviene medir antes de preguntarse desde qué punto de vista se lo puede juzgar.

El lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas

El primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos[1] donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación. Pero los no lugares son la medida de la época, que movilizan el espacio a los fines de una comunicación tan extraña que a menudo no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo.

La distinción entre lugares y no lugares pasa por la oposición del lugar con el espacio. El espacio, para Michel de Certeau, es un “lugar practicado”, “un cruce de elementos en movimiento”: los caminantes son los que transforman en espacio la calle geométricamente definida como lugar por el urbanismo. Por otra parte, el lugar hace referencia al conjunto de elementos que coexisten en un cierto orden. Lugar de una experiencia de relación con el mundo de un ser esencialmente situado en relación con un medio.

La segunda referencia es a la palabra y al acto de enunciación: “El espacio sería al lugar lo que se vuelve la palabra cuando es hablada, es decir, cuando está atrapada en la ambigüedad, mudada en un término que implica múltiples convenciones, presentada como el acto de un presente (y de un tiempo) y modificada por las transformaciones debidas a vecindades sucesivas…”

El lugar: el orden simbólico y el discurso

La tercera referencia deriva de la anterior y privilegia el relato como trabajo que, incesantemente, “transforma los lugares en espacios o los espacios en lugares”. El lugar, tal como lo define el autor, “es el lugar del sentido inscripto y simbolizado, el lugar antropológico”. “Nosotros incluimos en la noción de lugar la posibilidad de los recorridos que en él se efectúan, los discursos que allí se sostienen y el lenguaje que lo caracteriza”. Y la noción de espacio se sostendría precisamente por su falta de caracterización, en referencia a las superficies no simbolizadas del planeta.

El término “espacio” es en sí mismo más abstracto que el de “lugar”. De manera que podemos hablar a la vez de los relatos que atraviesan y organizan los lugares, y del lugar que constituye la escritura del relato. La lectura es el espacio producido por la práctica del lugar que constituye un sistema de signos: un relato.

“Espacios donde ni la identidad ni la relación ni la historia tienen verdadero sentido, donde la soledad se experimenta como exceso o vaciamiento de la individualidad, donde sólo el movimiento de las imágenes deja entrever borrosamente por momentos, a aquel que las mira desaparecer, la hipótesis de un pasado y la posibilidad de un porvenir”. Esta posición corresponde al doble aspecto de la modernidad: “La pérdida del sujeto en la muchedumbre o, a la inversa, el poder absoluto, reivindicado por la conciencia individual”.

El lugar y las fronteras: lo exterior

La etnología siempre tiene que ver por lo menos con dos espacios: el del lugar que estudia (un pueblo, una empresa), y otro lugar, más amplio, en el que aquel se inscribe y donde se ejercen influencias y presiones que no dejan de tener su efecto en el juego interno de las relaciones locales. Por lo que no debemos perder de vista ni el lugar inmediato ni las fronteras correspondientes de ese espacio exterior.

En la situación de supermodernidad, una parte de ese exterior está constituida por no lugares. Hoy, la frecuentación de los no lugares ofrece la posibilidad de una experiencia de mediación no humana, entre el individuo y los poderes públicos.

Lo significativo en la experiencia del no lugar es su fuerza de atracción, inversamente proporcional a la atracción territorial, a la gravitación del lugar y de la tradición. Si los inmigrantes inquietan tanto a los residentes en un país, es en primer lugar porque les demuestran a estos últimos la relatividad de las certidumbres vinculadas con el suelo.

Si bien estamos obligados, a la vista de los sucesos ocurridos en la Europa contemporánea, a referirnos al “retorno” de los nacionalismos, quizá deberíamos advertir que ese retorno significa antes que nada un rechazo del orden colectivo: el modelo de identidad nacional evidentemente se presta para dar forma a este rechazo, pero lo que le da sentido y vitalidad hoy y tal vez lo debilite mañana es la imagen individual (la imagen de la libre trayectoria individual).

La experiencia del no lugar es hoy un componente esencial de toda existencia social. A partir de allí son concebibles todas las actitudes individuales: la huida (a su casa, a otra parte), el miedo (de sí mismo y de los demás), pero también la intensidad de la experiencia (la performance) o la rebelión contra los valores establecidos. Ya no hay análisis social que pueda prescindir de los individuos, ni análisis de los individuos que pueda ignorar los espacios por donde ellos transitan.

La sobremodernidad: el exceso, la soledad y el sentido

La sobremodernidad impone a las conciencias individuales experiencias y pruebas muy nuevas de soledad, directamente ligadas a la aparición y a la proliferación de no lugares. Dar sentido al mundo. Esta necesidad de dar un sentido al presente, si no al pasado, corresponde a una situación que podríamos llamar de “sobremodernidad” para dar cuenta de su modalidad esencial: el exceso. Lo cual, destaquémoslo, no puede sino llevarnos a exigir aun más sentido. Augé se refiere a la noción de sobremodernidad destacando tres figuras del exceso: el tiempo, el espacio y el ego.

La organización del espacio y la constitución de lugares son, en el interior de un mismo grupo social, una de las apuestas y una de las modalidades de las prácticas colectivas e individuales. Las colectividades, como los individuos que se incorporan a ellas, tienen necesidad simultáneamente de pensar la identidad y la relación y, para hacerlo, de simbolizar los constituyentes de la identidad compartida (por el conjunto de un grupo), de la identidad particular (de tal grupo o de tal individuo con respecto a los otros) y de la identidad singular (del individuo en tanto no es semejante a ningún otro).

Hechos de singularidad

Más allá del acento que hoy se pone sobre la referencia individual o, si se quiere, sobre la individualización de las referencias, a lo que habría que prestar atención es a los hechos de singularidad: singularidad de los objetos, singularidad de los grupos o de las pertenencias, recomposición de lugares, singularidades de todos los órdenes que constituyen el contrapunto paradójico de los procedimientos de puesta en relación, de aceleración y de deslocalización rápidamente reducidos y resumidos a veces por expresiones como “homogeneización, o mundialización, de la cultura”.

Por “no lugar” designamos dos realidades complementarias pero distintas: los espacios constituidos con relación a ciertos fines (transporte, comercio, ocio), y la relación que los individuos mantienen con esos espacios.

Los no lugares mediatizan todo un conjunto de relaciones consigo mismo y con los otros que no apuntan sino indirectamente a sus fines: como los lugares antropológicos crean lo social orgánico, los no lugares crean la contractualidad solitaria. Solo, pero semejante a los otros, el usuario del no lugar está con ellos (o con los poderes que lo gobiernan) en una relación contractual.

Prescripción, prohibición, información

Pero los no lugares reales de la sobremodernidad, los que tomamos cuando transitamos por la autopista, hacemos las compras en el supermercado o esperamos en un aeropuerto, tienen de particular que se definen también por las palabras o los textos que nos proponen: su modo de empleo, en suma, que se expresa según los casos de modo prescriptivo (“tomar el carril de la derecha”), prohibitivo (“prohibido fumar”) o informativo (“usted entra en el Beaujolais”) y que recurre tanto a ideogramas más o menos explícitos y codificados (los del código vial o los de las guías turísticas) como a la lengua natural.

Así son puestas en su lugar las condiciones de circulación en los espacios donde se considera que los individuos no interactúan sino con los textos sin otros enunciadores que las “personas morales” o las instituciones (aeropuertos, ministerio de transportes, municipalidades) cuya presencia se adivina detrás de los mandatos, los consejos, los comentarios, los mensajes transmitidos por innumerables soportes (carteles, pantallas, afiches) que forman parte integrante del paisaje contemporáneo. Un diálogo directo pero aun más silencioso es el que mantiene cada titular de una tarjeta de crédito con la máquina distribuidora donde la inserta y en cuya pantalla le son transmitidas instrucciones que constituyen a veces verdaderos llamados al orden.

Un diálogo silencioso e “inocente”

En cierto modo, el usuario del no lugar siempre está obligado a probar su inocencia. El control a priori o a posteriori de la identidad y del contrato coloca el espacio del consumo contemporáneo bajo el signo del no lugar: solo se accede a él en estado de inocencia. Las palabras casi ya no cuentan. No hay derecho al anonimato sin control de la identidad.

Pero la inocencia es también otra cosa: el espacio del no lugar libera a quien lo penetra de sus determinaciones habituales. Se abandona y saborea por un tiempo las alegrías pasivas de la desidentificación y el placer más activo del desempeño de un rol. En definitiva, se encuentra confrontado con una imagen de sí mismo, pero bastante extraña en realidad. En el diálogo silencioso que mantiene con el paisaje-texto que se dirige a él como a los demás, el único rostro que se dibuja, la única voz que toma cuerpo, son los suyos: rostro y voz de una soledad tanto más desconcertante en la medida en que evoca a millones de otros.

El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud. Tampoco le da lugar a la historia, eventualmente transformada en elemento espectáculo. Allí reinan la actualidad y la urgencia del momento presente. En suma, es como si el espacio estuviese atrapado en el tiempo, como si cada historia individual agotara sus motivos, sus palabras y sus imágenes en el stock inagotable de una inacabable historia en el presente.

Los lugares y los espacios, los lugares y los no lugares se entrelazan, se interpenetran

En la realidad concreta del mundo de hoy, los lugares y los espacios, los lugares y los no lugares se entrelazan, se interpenetran. La posibilidad del no lugar no está nunca ausente de cualquier lugar que sea.

El retorno al lugar es el recurso de aquel que frecuenta los no lugares. Lugares y no lugares se oponen y se atraen como las palabras y los conceptos que permiten describirlas. Pero las palabras de moda son las de los no lugares. Así podemos oponer las realidades del tránsito (los campos de tránsito o los pasajeros en tránsito) a las de residencia o la vivienda, las intersecciones de distintos niveles (donde no se cruza) a los cruces de ruta (donde se cruza), el pasajero (que define su destino) al viajero (que vaga por el camino), el complejo (“grupo de casas nuevas”), donde no se vive juntos y que no se sitúa nunca en el centro de nada (grandes complejos periféricos) al monumento, donde se comparte y se conmemora; la comunicación (sus códigos, imágenes y estrategias) a la lengua (que se habla).

¿Dónde el personaje está en su casa? El personaje está en su casa cuando está a gusto con la retórica de la gente con la que comparte su vida. El signo de que se está en casa es que se logra hacerse entender sin demasiados problemas, y que al mismo tiempo se logra seguir las razones de los interlocutores sin necesidad de largas explicaciones. El país retórico de un personaje finaliza allí donde sus interlocutores ya no comprenden las razones que él da de sus hechos y gestos ni las quejas que formula ni la admiración que manifiesta. Una alteración de la comunicación retórica manifiesta el paso de una frontera.

Zonas fronterizas

Si Descombes está en lo cierto, hay que concluir que en el mundo de la sobremodernidad se está siempre y no se está nunca “en casa”: las zonas fronterizas o los “escalones” de los que él habla ya no introducen nunca a mundos totalmente extranjeros.

La sobremodernidad (que procede simultáneamente de las tres figuras del exceso que son la superabundancia de acontecimientos, la espacial y la individualización de las referencias) encuentra naturalmente su expresión completa en los no lugares. Pero éstos no operan ninguna síntesis, no integran nada, autorizan solamente el tiempo de un recorrido, la coexistencia de individualidades distintas, semejantes e indiferentes las unas a las otras.

Cuando los individuos se acercan, hacen lo social y disponen los lugares. El espacio de la sobremodernidad está trabajado por esta contradicción: solo tiene que ver con individuos (clientes, pasajeros, usuarios) pero no están identificados, socializados ni localizados más que a la entrada o a la salida. El no lugar es lo contrario de la utopía: existe y no postula ninguna sociedad orgánica. Un ninguna parte; un poco lo que Michel Foucault, sin incluir allí la ciudad, llamaba una “heterotopía[2]”.

“Habrá, pues, lugar mañana, hay ya quizá lugar hoy, a pesar de la contradicción aparente de los términos, para una etnología de la soledad.”

Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. MARC AUGÉ (1993). Publicado por Editorial Gedisa

[1] Palimpsestos: Se llama palimpsesto (del griego antiguo que significa “grabado nuevamente”) al manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe.

[2] Los “territorios de los otros”, las heterotopías, fueron definidos por primera vez por Foucault en los años sesenta como “espacios delineados por la sociedad misma, y que son una especie de contra-espacios; una especie de utopías efectivamente verificadas donde todos los demás espacios reales que pueden hallarse en el seno de una cultura están a un tiempo representados, impugnados o invertidos”.

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