LA HORA DE CLASE. POR UNA ERÓTICA DE LA ENSEÑANZA. Massimo Recalcati

El presente texto, de Massimo Recalcati, nos introduce en el mundo de una Escuela que vive inmersa en una perpetua crisis como institución, baqueteada por continuos cambios de planes educativos y supresiones de signaturas en aras del imperativo de la productividad. En una sociedad que ha vivido el colapso de toda referencia de autoridad. Bien lo saben, y lo padecen, los profesores, humillados social y económicamente, llamados a menudo a compensar las deficiencias de educación de las familias, la desintegración del pacto entre generaciones que nos enfrenta a una alianza (impensable hace veinte años) entre los alumnos y sus padres.

El-graduado

EL GRADUADO, 1967, MIKE NICHOLS

Frente a un modelo escolar basado en la triada de la informática, el inglés y la empresa, en la filosofía de las competencias, en el fácil acceso a la información, Recalcati defiende la Escuela como centinela del erotismo del saber, como lugar de resistencia contra el hiperhedonismo contemporáneo, reivindicando el papel del maestro que sabe abrir nuevos mundos a través de la erótica de la palabra y del saber que ésta es capaz de vivificar en los alumnos.

Hacer del conocimiento un objeto capaz de despertar el deseo

Si hay algo que perdura en la Escuela, a pesar de todo, es la relación del sujeto con el saber, que el papel del profesor debe ser capaz de animar. ¿Existe aún la posibilidad de introducir al sujeto en una relación vital con el saber? lo que queda de la Escuela ¿no es acaso la posibilidad, una y otra vez nueva, de transformar los objetos del saber en objetos de deseo, en cuerpos eróticos? Hacer del conocimiento un objeto capaz de despertar el deseo, un objeto erotizado en condiciones de funcionar como causa del deseo, capaz de estimular, de atraer, de poner en movimiento al alumno. Si el deseo de saber no se anima, no hay ninguna posibilidad de aprender de forma singular aquello del conocimiento que se transmite. No existe asimilación subjetiva del saber más que a partir del deseo. La erótica de la enseñanza se sustenta en cambio sobre el amor por el saber, que es amor por una carencia que nos atrae, y causa el deseo por conocer. ¿Cómo es posible, hoy en día, devolver la centralidad adecuada a la dimensión de ausencia de la que se alimenta el deseo? ¿No es acaso una misión imposible? los mejores educadores son aquellos que son conscientes de esta imposibilidad, aquellos que no se identifican en la posición del ideal del educador, Los mejores son aquellos que están en contacto con su propia insuficiencia, que han experimentado la imposibilidad de controlar de forma determinista y disciplinaria el proceso de “humanización de la vida”. ¡Todos aquellos que han cobrado conciencia de la imposibilidad y del daño que causaría actuar como educadores ideales! Es solo el amor, el eros, con el que un profesor envuelve el saber lo que hace que ese saber sea digno de interés para sus alumnos, elevándolo a objeto capaz de causar el deseo.

¿Es posible todavía una palabra digna de respeto?

Cuando un profesor entra en el aula debe ganarse una y otra vez el silencio que honra su palabra, no pudiendo apoyarse ya en la fuerza de la tradición, sino apelando únicamente a la fuerza de sus actos y de su deseo. Siempre que un profesor entra en un aula tiene que lidiar con su propia soledad, con un vacío de sentido entre cuyos límites se ve convocado a medir su propia palabra. Si nuestro tiempo es la época de la disolución de la potencia de la tradición,  si es la época en la que el padre se ha evaporado, ningún docente puede vivir de las rentas.

En la era del debilitamiento generalizado de toda autoridad simbólica, ¿es posible todavía una palabra digna de respeto? ¿Qué queda de la palabra de un maestro o de un padre en la época de su evaporación? ¿Puede contentarse la práctica de la enseñanza con quedar reducida a la transmisión de información (competencias), o debe mantener viva la relación erótica del sujeto con el saber? Se trata de una encrucijada a la que nos vemos abocados. Pero para elegir el camino de la erotización del saber es necesario que el profesor sepa preservar el lugar correcto de lo imposible. Porque lo imposible es precisamente el rasgo que marca toda auténtica transmisión. El maestro no es aquel que posee el conocimiento, sino aquel que sabe entrar en una relación única con la imposibilidad que recorre el conocimiento, que es la imposibilidad de saber todo el saber y de transmitirlo. El saber es, por su misma estructura, un imposible, un coladero, un no-todo. De manera que el maestro que pretende poseer el saber solo puede ser una ridícula caricatura del saber. De ahí la importancia del estilo. Todo maestro enseña a partir de un estilo que lo distingue de otros. No se trata de una técnica ni de un método. El estilo es la relación que el docente sabe establecer con lo que enseña, a partir de la singularidad de su existencia y de su deseo de saber. La tesis principal de este libro es que lo que perdura en la escuela, lo que la hace avanzar, es el papel insustituible del enseñante.

¿Es acaso el automatismo la auténtica enfermedad de la Escuela?

La patología típica del discurso de la Universidad es su tendencia al anonimato y a la repetición que anulan la sorpresa, la contingencia, lo inesperado, lo no conocido aún, haciendo imposible el acontecimiento de la palabra. La tendencia a reciclar y a la reproducción de un saber siempre idéntico a sí mismo se convierten en los más acérrimos enemigos del trabajo de un profesor. En ese momento, no hay transmisión de un saber vivo, sino burocracia intelectual, parasitismo, aburrimiento, plagio y conformismo. El principio del rendimiento hace del aprendizaje una competición en la que no cabe dedicar un tiempo a la reflexión crítica, a la necesidad de aprender. Eso es lo que la ideología de las competencias parece excluir, dando prioridad a una concepción meramente cientificista y utilitarista del saber. En el cientificismo, del que la ideología de las competencias es una expresión actualísima, el saber anónimo y robotizado del Otro domina sin límites y reduce el sujeto a recipiente pasivo, que ha de ser llenado de contenidos.

La crisis de la Escuela coincide a tales efectos con una crisis más profunda de la palabra. Se trata de otro rasgo de nuestra época. La palabra circula por todas partes revelando su carácter inflacionario. Dramas privados hallan hueco en el circo televisivo, puede hablarse de todo sin ningún límite. Pero en este carrusel enloquecido de una palabra que circula mucho más rápidamente cuanto más vacía de significado aparece; desfallece una de las condiciones decisivas de la formación de los individuos. ¿Cual? la que establece una estrecha relación entre lo que se dice y sus consecuencias. El cercenamiento de este vínculo da lugar a una versión de la transmisión del saber que excluye la crítica y exige la asimilación y el rendimiento.

La escuela contribuye a la existencia del mundo

En cualquier caso, la escuela contribuye a la existencia del mundo, porque la enseñanza no se mide por la suma nocional de la información que dispensa, sino por su capacidad de poner a nuestra disposición la cultura como un nuevo mundo, un mundo diferente a aquel del que se alimenta el vínculo familiar. Cuando este mundo no existe o su acceso está bloqueado, solo hay cultura sin mundo, es decir, cultura de la muerte, cultura de la droga. He aquí, un libro apasionado sobre la hora de clase como el único lugar en el que se supera la falsa antítesis entre conocimientos y competencias, y en el que puede surgir la pasión por el saber.

La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza

Massimo Recalcati

 

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