EL MALESTAR EN LA CULTURA: LA DESACREDITACIÓN DEL DIFERENTE

Ya desde hace tiempo asistimos en nuestras sociedades a una utilización abusiva del término cultura como factor explicativo y omnicomprensivo de los procesos generados por la llegada de personas de otros lugares. En nuestro país hemos asistido a una proliferación de términos como multiculturalismo, interculturalismo, integración, diálogo y educación intercultural, etc. y a múltiples discusiones en torno a la gestión de la diversidad y derechos de las personas migrantes.

CHUNGKING EXPRESS, 1994, WONG KAR-WAI

CHUNGKING EXPRESS, 1994, WONG KAR-WAI

En última instancia, todos estos conceptos y los planes que se elaboran bajo ellos nos remiten al concepto de cultura, una entidad abstracta, difusa, y de difícil concreción. Y es esa entidad de difícil definición la que, desde nuestra perspectiva, portan los migrantes que viven entre nosotros. El migrante es ese “otro” cargado de un pesado equipaje que incluye identidades, exóticas recetas de cocina, costumbres, lenguas y dialectos, religiones, bailes ancestrales y trajes típicos.

Es curioso como frente a este “otro” nuestra sociedad se presenta de manera neutral, de tal modo que se produce una relación a la inversa entre ciudadanía y visibilidad cultural: cuando una crece la otra decrece. Quienes son ciudadanos titulares parecen carecer de cultura y aquellos a quienes más envuelve carecen de ciudadanía plena (Rosaldo 1989).

Este “otro” que encarna la alteridad misma es en este tiempo el migrante, un “otro” que si en el pasado se situaba más allá de nuestras fronteras como una imagen, en la actualidad está presente, en carne y hueso, entre nosotros. Las representaciones y los discursos de la alteridad construyen la figura del migrante, una figura homogénea y estereotipada que obvia las diferencias económicas, históricas y socioculturales de origen. Estos discursos y construcciones tienen el potencial de transmitir valores y crear un imaginario colectivo que puede inducir a prácticas sociales discriminatorias o paternalistas bajo las que se esconden no pocas veces relaciones de poder asimétricas y de dominación.

Es precisamente por ello que considero necesaria la reflexión acerca del concepto de cultura y de los usos que de ella hacemos tanto desde la academia, como por parte de entidades, organizaciones y asociaciones que desarrollan su labor en estos ámbitos. Más allá de considerar que esta reflexión es de carácter meramente conceptual o teórico se trata de ser conscientes de que el empleo de este término en uno u otro sentido puede dar lugar a prácticas sociales y políticas de diverso signo. En este sentido, no está de más la reflexión acerca de las argumentaciones culturales e identitarias y de los procesos de exclusión e inclusión que basados en ellas pueden llevar a legitimar la creación de desigualdad y jerarquía (Narotzky 2002).

En el discurso público y político persiste la idea de que la cultura es un conjunto de rasgos inmutables que constituyen el cemento de una sociedad y que dotan a ésta de un carácter, de una identidad única, homogénea y perfectamente delimitada. Sin embargo, la ecuación tan arraigada en nuestra sociedad “una cultura=una sociedad=un territorio”  hace mucho que se rompió (si es que alguna vez fue cierta).

Sin duda, podemos identificar tradiciones culturales profundamente diferenciadas que perduran durante siglos, pero sin olvidar nunca que las culturas siempre se han entremezclado y que las fronteras entre ellas han sido muy porosas. Así, las formaciones culturales particulares están marcadas tanto por constantes de larga duración como por la articulación de elementos de diverso origen producto de encuentros múltiples. Pero lo que estas formaciones no constituyen en ningún caso es una esencia o espíritu cultural determinado e inmutable.

En lugar de otorgar a los medios culturales un significado inmanente, hay que atender a los matices y significados variables que estos adquieren cuando son utilizados dentro de determinados procesos sociales. Partir desde aquí, nos permite acercarnos a nuestras sociedades no como a escenarios donde hay una pluralidad de culturas yuxtapuestas, sino a un espacio donde la interpenetración y el uso recíproco entre culturas es la condición normal. Sólo así podemos dar cuenta exacta de la pluralidad interna que caracteriza a todo grupo social y de la relación dinámica que hay entre los individuos y la cultura. No olvidemos nunca que sólo ciertos procesos sociales y políticos son capaces de generar la coherencia cultural (clases dominantes, etnias, movimientos sociales) que adquiere cada grupo en diferentes momentos de su historia.

Al encarar la diversidad cultural de nuestra sociedad (diversidad que siempre ha estado presente, no lo olvidemos) hay dos discursos que mantienen, a pesar de lo diferentes que a priori parecen, un concepto de cultura que mantiene los rasgos de homogénea, cerrada, ahistórica, etc. Por un lado está el discurso de desacreditación del diferente asociándole a través de rasgos culturales fijos comportamientos violentos, marginales, patriarcales, etc. Por otro, está el discurso de la positivación de la diversidad cultural; un discurso que en su celebración de la diversidad esconde el conflicto y el debate ideológico que subyace a las relaciones entre culturas, lo que algunos autores han llamado una representación de la diversidad estilo Benetton (Lluch Balaguer y Salinas Català 1995). Paradojicamente, ambos discursos mantienen la misma idea de cultura y, sobre todo, otorgan poderes explicativos a la heterogeneidad cultural desvinculándola de los contextos políticos y económicos donde se desarrolla.

Andrea Ruiz Balzola

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