EL DESAMPARO DE TODA VIDA HUMANA, POR MARÍA ZAMBRANO

De la experiencia íntima del exilio sabía mucho María Zambrano. Su concepto del exilio como categoría explicativa del ser humano supone un imprescindible aporte para poder pensar en las nociones contemporáneas sobre las exclusiones y desinserciones sociales.

El exilio es, para Zambrano, la condición esencial del ser humano. Una condición dramática y marcada por un profundo e íntimo desarraigo de uno mismo. Ella nos muestra con gran precisión ese sentimiento de extranjería de uno mismo, de vacío, de no ser. El desamparo estructural que acompaña a toda vida humana.

STALKER, 1979, ANDREI TARKOVSKI.

STALKER, 1979, ANDREI TARKOVSKI.

Os proponemos un breve y apasionante recorrido, hecho de fragmentos, que recupera las palabras de la filósofa malagueña de cara a poder pensar en la noción de desamparo en nuestra época; una época, la nuestra, marcada por un profundo e íntimo desarraigo, estructural e ineludible, para toda vida humana.

EL ABANDONO Y EL EXILIO (1)

Comienza la iniciación al exilio cuando comienza el abandono. El refugiado se ve acogido más o menos amorosamente en un lugar donde se le hace hueco, que se le ofrece y aún concede y, en el más hiriente de los casos, donde se le tolera. Algo encuentra dentro de lo cual depositar su cuerpo que fue expulsado de ese lugar primero, patria se le llama, casa propia, de lo propio, aunque fuese el lagar de la propia miseria.

Y en el destierro se siente sin tierra, la suya, y sin otra ajena que pueda sustituirla. Patria, casa, tierra no son exactamente lo mismo. Recintos diferentes o modos diferentes en que el lugar inicial perdido se configura y presenta.

Mas la tragedia humana sucede bajo la mirada de los dioses y su sentencia. Y en el abandono no se siente esa mirada ni la sentencia, como por momentos se querría. En el abandono solo lo propio de que se está desposeído aparece, sólo lo que no se puede llegar a ser como ser propio. Lo propio es solamente en tanto negación, imposibilidad. Imposibilidad de vivir que, cuando se cae en la cuenta, es imposibilidad de morir. El filo entre vida y muerte que igualmente se rechazan. Sostenerse en ese filo es la primera exigencia que al exiliado se le presenta como ineludible.

Peregrinación entre las entrañas esparcidas de una historia trágica. Nudos múltiples, oscuridad y algo más grave: la identidad perdida que reclama rescate. Y todo rescate tiene un precio.

SER EXILIADO

Es el devorado, devorado por la historia. Mas la historia no opera nunca limpiamente y al devorar no arranca como el sacerdote azteca el corazón para ofrecerlo al sol, al sol de la historia. Y el exiliado, a fuerza de pasmos y desvalimientos, de estar a punto de desfallecer al borde del camino por el que todos pasan, vislumbra, va vislumbrando la ciudad que busca y que le mantiene fuera, fuera de la suya, la ciudad no habitada, la historia que desde el principio quedó borrada.

¿Cabe la existencia de la historia verdadera del hombre sobre la tierra? Sería, habría de ser la historia ante todo sufrida, padecida y pensada, más allá de todo utópico ensueño del hombre que no se sueña a sí mismo, que no se representa ni se reviste, que no se esconde para mejor saltar a cobrar su presa, el hombre en quien el ser verdadero es más que el ser.

EL DESCONOCIDO

El exiliado es el que más se asemeja al desconocido, el que llega, a fuerza de apurar su condición, a ser ese desconocido que hay en todo hombre y al que el poeta y el artista no logran sino muy raramente llegar a descubrir.

Mientras que en el desconocido no hay pasión, a fuerza tal vez de la aceptación no de las circunstancias ni de su situación en medio de ellas, sino de su orfandad. Y de eso que le caracteriza más que nada: no tener lugar en el mundo, ni geográfico, ni social, ni político, ni –lo que decide en extremo para que salga de él ese desconocido- ontológico. No ser nadie, ni un mendigo: no ser nada. Ser tan solo lo que no puede ni dejarse ni perderse, y en el exiliado más que en nadie. Haberlo dejado de ser todo para seguir manteniéndose en el punto sin apoyo ninguno, el perderse en el fondo de la historia, de la suya también, para encontrarse un día, en un solo instante, sobrenadándolas todas.

EL EXILIADO Y SUS DESTIERROS

De destierro en destierro, en cada uno de ellos el exiliado va muriendo, desposeyéndose, desenraizándose. Y así se encamina, se reitera su salida del lugar inicial, de su patria y de cada posible patria, dejándose a veces la capa al huir de la seducción de una patria que se le ofrece, corriendo delante de su sombra tentadora; entonces inevitablemente es acusado de eso, de irse, de irse sin tener ni tan siquiera adónde.

Pues que de lo que huye el prometido al exilio, marcado ya por él desde antes, es de un dónde, de un lugar que sea el suyo. Y puede quedarse tan sólo allí donde pueda agonizar libremente, ir meciéndose al mar que se revive, estar despierto sólo cuando el amor que le llena se lo permite, en soledad y libertad.

LA INMENSIDAD DEL EXILIO, EL DESAMPARO

En el exilio verdadero pronto se abre la inmensidad que puede no ser notada al principio. Es lo que queda, en lo que se resuelve, si llega a suceder, el desamparo.

Sin desamparo la inmensidad no aparece, sin el abandono a lo menos, sin haber sentido en modo suficiente, es decir, en forma de duración, el abandono. Del abandono llegan esos vacíos que en la vida de todos los hombres, en cualquier situación, aparecen y desaparecen. Y así también esas centellas de desamparo, esas saetas que en la piel del ser produce el quedarse a la intemperie, es decir, desnudo ante los elementos, que entonces muestran toda su fuerza. Y así el firmamento mismo se retira, desaparece su firmeza, su mediación. Pues que es la mediación la que hace sentir la presencia del Padre cuando se oculta y la que sostiene su presencia cuando se aparece.

El firmamento, el horizonte familiar, la ciudad y aún el lugar que en él se habita son mediadores. La casa y los objetos tenidos por preciosos, todo lo que en ella se enciende, hasta la cólera del padre inmediato si no se excede en su autoridad, si no aplasta ocupando todo espacio de vida; todo lo que en ella arde, el fuego mismo siempre símbolo del hogar, si no impide respirar y moverse es mediador. Y lo será más cuanto más permita la circulación de los elementos y de ese elemento primero para el hombre que es la palabra.

LA TENTACIÓN DE LA EXISTENCIA

A medida que se aminora la agonía del desamparo, cuando la esperanza se ha acallado y por tanto no ha lugar para la desesperación, y menos todavía para la exasperación, la inmensidad se va haciendo presente.

La inmensidad, el ilimitado desierto, la inexistencia del horizonte y el cielo fluido. La existencia del ser humano a quien esto acontece ha entrado ya en el exilio, como en un océano sin isla alguna a la vista, sin norte real, punto de llegada, meta. Las circunstancias que nunca deja de haber pueden avanzar devoradas. Si no se entiende esta situación, la tentación de la existencia, de ser el existente en medio de esa soledad dejada por el desamparo y aun simplemente por el abandono, por andar así, sin mediación, puede ser tomada por libertad.

La libertad así aceptada se establece como realidad que necesita ser constantemente verificada con la acción, una acción cualquiera, una pseudo-acción correspondiente a la pseudo-libertad. Y el Yo entonces emerge sustituyendo a la mediación, tomando la inmensidad como campo disponible para su unicidad. Es el único y todo puede ser su propiedad. La inmensidad queda así reducida a ser todo.

Ahora la soledad es distancia, se hace distancia entre el Yo y “los otros”, insalvable distancia. Las sombras se hacen opacas y consistentes, acechan enemigas, réplicas de la inmensa sombra que arroja ese su Yo que lo posee. Tiene que hacerse limitada e infatigablemente poderoso. Ha caído, y más cuanto más se encumbre, en ser poseído por su propio yo.

EL LUGAR DEL EXILIO: EL DESIERTO

Para no perderse, enajenarse, en el desierto hay que encerrar dentro de sí el desierto. Hay que adentrar, interiorizar el desierto en el alma, en la mente, en los sentidos mismos, aguzando el oído en detrimento de la vista para evitar los espejismos y escuchar las voces.

El vivir dentro del desierto el encuentro con patrias que lo pudieran ser, fragmentos, aspectos de la patria perdida, una única para todos antes de la separación del sentido y de la belleza.

EL EXILIO LOGRADO

Camina el refugiado entre escombros. Y en ellos, entre ellos, los escombros de la historia. La Patria es una categoría histórica, no así la tierra ni el lugar. La Patria es lugar de historia, tierra donde una historia fue sembrada un día. Y cuyo crecimiento más que el de ninguna otra historia ha sido atropellado. La sepultura sin cadáver es una de las “arquitecturas” de la historia, mientras que los cadáveres vivientes, sombras animadas por la sangre, vagan unas, quedándose otras en inverosímiles emparedamientos, palpitando todavía, reapareciendo un día extrañamente puras, cuanto pueda ser pura una figura humana de la historia.

El exilio es el lugar privilegiado para que la Patria se descubra, para que ella misma se descubra cuando ya el exiliado ha dejado de buscarla. Cuando ya se sabe sin ella, sin padecer alguno, cuando ya no se recibe nada, nada de la patria, entonces se le aparece. No la puede definir, pues que tan siquiera la reconoce.

Los bienaventurados

María Zambrano

    (1)  Zambrano, María (1990): Los bienaventurados. Ediciones Siruela.

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