ACERCA DEL DESAMPARO SUBJETIVO Y SOCIAL EN LA INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA

Introducción

En 1944 Boris Cirulnik con 7 años fue conducido junto con otros niños y adultos judíos a la sinagoga de Burdeos, de donde si no hubiera conseguido huir, hubiera sido deportado a un campo de concentración, al igual que sus padres. Es un niño que queda y está solo. En su libro titulado “Me acuerdo…El exilio de la infancia” (Ed.Gedisa, Barcelona, 2010) explica que estando allí

todas las noches, un soldado alemán venía a sentarse junto a mí. Creo recordar que llevaba un uniforme negro y una gorra más elaborada, tal vez era un oficial. Me enseñaba las fotos de un niño de mi edad, y este soldado me hacía comprender por gestos que su hijo se parecía a mí. Aunque yo no entendía una palabra de lo que me decía, comprendía sin embargo lo que quería decirme. Me acuerdo del asombro que sentí al pensar que este hombre que organizaba mi muerte venía a hablar conmigo y se mostraba amable. A menudo, esta escena vuelve a mí memoria, sin angustia, como un enigma. ¡De modo que los hombres pueden comportarse así! En el momento del traslado hacia los vagones en dirección a Drancy, ese mismo soldado daba las órdenes que conducían a la muerte”.

Traigo esta cita porque me parece que de manera directa presentifica una situación en la que un sujeto, en este caso un niño, se encuentra frente a frente con el desamparo tanto social como subjetivo. Se trata del sujeto confrontado a otro que pide su desaparición y frente al que él mismo, el niño que él fue responde con su asombro a una situación que lo sume en la precariedad. Lacan plantea en su seminario VII, dedicado al tema de la ética en psicoanálisis, que “el desamparo es ese momento en que el hombre en esa relación consigo mismo que es su propia muerte no puede esperar ayuda de nadie”. Podemos pensar entonces que esa experiencia fundamental vivida por Cirulnik tiene el carácter de una marca que lo devuelve a un momento, que desde el psicoanálisis es estructural para todo sujeto.

EL REGRESO, 2003, Andréi Zviáguintsev.

EL REGRESO, 2003, Andréi Zviáguintsev.

Nuestra época

Zigmunt Bauman dice que vivimos en una época caracterizada por la soledad. Más precisamente se trata de una época en la que el rasgo fundamental es “la promoción de las soledades en la multitud”. El ejemplo más palpable que tenemos es el centro comercial: los lugares llenos de gente que conviven durante horas consumiendo. En cierta manera nos señala que nos movemos en espacios comunes y nos parece que los compartimos. Sin embargo, lo que allí está en juego son dos preguntas que nos interrogan de manera directa y que son fundamentales en nuestra civilización. Una de ellas es “¿Cómo se hace para vivir con el Otro?” y la otra es “¿Cómo sostener el lazo que creamos?”. De inmediato podemos afirmar que para ellas no hay una respuesta universal en la medida en que no hay otro que pueda otorgarla. Esa imposibilidad de encontrar una respuesta consistente que sea igual para todos tiene como efecto en la vida de las personas la precarización que se declina principalmente en las figuras del desamparo y la soledad.

Estas preguntas, ya lo digo, tocan el corazón del problema que hoy tratamos  ya que lo que está en juego en los niños y adolescentes que entran en el sistema de protección, es decir los sujetos desamparados, es la posibilidad o no de que se produzca una inscripción, una ligazón frente a la amenaza de la posible pérdida del ser como efecto de la separación a la que sus vidas están sometidas. Es decir que si bien  el sistema de protección garantiza, en gran medida, el alejamiento del desamparo social no asegura lo mismo  en lo que se refiere a lo subjetivo.

¿Cómo entender esta diferencia?

En primer lugar hay que decir que lo interesante del concepto de desamparo, es que al reemplazar al de abandono amplía el campo de intervención: ya no se trata allí sólo de la presencia o no del Otro sino que lo más importante es saber si hay el Otro que cumple con las funciones necesarias en relación a la infancia y la adolescencia. Diría de manera rápida que estas funciones tienen que ver con los cuidados, con el deseo en juego y con la regulación. Justamente muchas veces el desamparo es efecto de la presencia masiva del Otro como en el caso de los abusos.

De manera sencilla diré que el desamparo social se lo diagnostica con lo evidente, se trata de todo aquello que llama a ser mirado: las marcas en el cuerpo, el vacío dejado por la ausencia en la escuela, la discordancia en las vestimentas, la repetición de los abusos en los distintos hermanos y muchos otros ejemplos. La tutela es la respuesta que la administración da a aquello que ve y que incluso puede verificar.

Sin embargo hay otra dimensión del desamparo que de manera más invisible cursa en la vida de los chicos. La primera caracterización que el psicoanálisis hace del desamparo subjetivo es ese momento estructural en el que al nacer la cría del hombre es excesivamente prematura para resolver las necesidades que su cuerpo presenta. Necesita de otro auxiliar. Es decir que el desamparo subjetivo en el que todos nacemos es en cierta medida la condición de posibilidad de que pueda constituirse un vínculo con el otro. El recién nacido lo necesita. De hecho es la estructura misma del desamparo:

1-    El desamparo es una situación en la que el sujeto no tiene los recursos para regularse solo.

2-    Por otro lado se encuentra frente a estímulos interiores, los llamamos pulsión, frente a los que no tiene escapatoria.

Para resolver ese empuje pulsional necesita de otro que responda. La respuesta tiene dos caras: una es dar el objeto de necesidad y la otra, primordial, es nombrarla. Nombrarla quiere decir cernir mediante lo simbólico algo que se presenta en lo más real del cuerpo, entendamos por ese real el hambre, el sueño, el dolor, el malestar…Vemos entonces que la salida del desamparo tiene dos vertientes: una, sin duda, es la de cubrir las necesidades, es decir dar el alimento, pero para humanizar esa necesidad es necesario a la vez dar las palabras que signifiquen. De hecho no siempre el hambre es el mismo, ni se quiere la misma cosa e incluso a veces se desea comer aquello que indigesta. De esa conjunción puede producirse la inscripción del sujeto a partir del viviente.

Estas dos caras de la respuesta son el recurso esencial para ayudar al sujeto frente a la vulnerabilidad en la que lo puede introducir más tarde el sistema de protección.

¿Por qué hablo de vulnerabilidad? Creo que uno de las dificultades que se presentan cuando un niño es nombrado como “menor maltratado” es el hecho de una cierta tendencia a la homogeneización: el maltrato cuando está en primer plano es una especie de velo, de telón que no permite registrar casi nada más de la persona a la que recibimos. El cuerpo maltratado eleva al primer plano el papel de la mirada. El cuerpo maltratado nos capta a través del horror. Nos quedamos de ese modo fijados y a la vez lo fijamos, le damos consistencia.

Se trata entonces de descomponer esa consistencia y en ese sentido se puede afirmar que cuando hablamos de desamparo no estamos nombrando ningún diagnóstico psicopatológico sino más bien nombramos un estado. Lacan dice que en ese estado el sujeto está pura y simplemente trastornado, se ve desbordado por una situación que irrumpe y a la que no puede enfrentarse.

Entonces la cuestión es preguntarnos ¿Cómo responde el sujeto a este estado?  A veces hay una cierta parálisis frente a lo inesperado que en algunos chicos se traduce como un no poder escapar de la situación en la que son maltratados. Ir más allá de esa perplejidad implica un cierto avance respecto al desamparo. Ese avance puede ser considerar lo que viene del otro como un enigma y eso puede ser una construcción que el sujeto haga a posteriori. Cirulnik decía que el enigma aparece al recordar. Lo que el Otro hace, su maltrato aparece como enigmático en la medida en que el sujeto piensa que eso quiere decir algo pero él no sabe qué es: hay un vacío de significación.

Entonces allí podemos preguntarnos qué tratamiento dan los chicos y adolescentes desamparados a ese vacío de significación. Diré que algunas de las respuestas que los chicos pueden construir son del orden de la inhibición, del síntoma, de la angustia, de las identificaciones y de la construcción de lo hostil. También la negación, la idealización y ciertos niveles de desobediencia pueden ser considerados como factores de autoprotección.

Cirulnik nos explica cómo a partir de su experiencia “una vez que uno ha aprendido a defenderse, a sobrevivir, sigue haciendo lo mismo cuando ya no existe razón para ello, cuando eso ya no tiene sentido”.

Daré un ejemplo: la salida del desamparo por la acogida del síntoma.

Es un caso del que hablamos en una reunión de Soporte Técnico[1] que realizo con los educadores del Crae donde este adolescente vive. Se trata de Alejandro, de 12 años, que recientemente es tutelado. Es un adolescente según explica su tutora, muy marcado por dos formas de presentarse: o es absolutamente “hermético” o miente compulsivamente. Durante un tiempo se ha dedicado ella y el equipo a trabajar para “sacarle del hermetismo” bajo la idea de que seguramente él tenía muchas cosas guardadas y lo mejor sería que pudiera decirlas. El intento de sacar a este niño del “hermetismo” producía por momentos que se volviera más hermético o bien que les contara lo que ellos consideraban una mentira.

Al cabo de un tiempo, y a partir del encuentro entre los diversos profesionales implicados en el caso, pudieron situarse algunos datos de su historia que permitieron una nueva orientación: se vio cómo en realidad los familiares más próximos de este niño siempre habían actuado de un modo profundamente intrusivo: a nivel de sus actividades y también de su cuerpo. Se pudo verificar que ese estilo intrusivo también se dirigía a los profesionales que llevaban el caso y que estos, cuando se encontraban con la familia de Alejandro, necesitaban defenderse.

Entonces en la reunión de Soporte Técnico surge una pregunta a partir del reconocimiento de lo profundamente molesta que resultaba esta familia para los educadores mismos: ¿No será el “hermetismo” una defensa que el niño había construido frente a la intrusión? Esta pregunta se tomó entonces como una hipótesis sobre el caso que habría que verificar. A continuación se plantean que si esa hipótesis es verdad el intento que ellos hacen para “sacar del hermetismo” a Alejandro los ubica en la serie intrusiva familiar y que tal vez las mentiras sean una nueva defensa de Alejandro frente a la intrusión de los profesionales. Esto muestra que las mentiras son la insistencia que Alejandro presenta para sostener su síntoma y al mismo tiempo muestran que a pesar de ello él está dispuesto a responder a lo que ellos le piden.

Ellos piden que salga de su hermetismo y él les da un tipo de mensaje que lo preserva. Es decir que no hay mentira que no implique al Otro al que se dirige.

Estas preguntas se toman como una nueva orientación para el caso. Son la base para construir una hipótesis. ¿Cómo transformarla en una estrategia? Se decidió en primer lugar no poner el eje de la intervención en sacar al niño del hermetismo y en cambio se empezó a mirar en qué cosas él ponía interés aunque no hablara demasiado. Es decir se trataba de “respetar” su defensa. Para ello deciden apoyar estas cuestiones de interés bajo la idea de enseñarle otra versión de los cuidados: una versión que no fuera intrusiva, que no intentara saber más de lo que él mismo podía manifestar…Esta nueva hipótesis de trabajo abrió lo que se había cerrado y que se presentaba bajo la forma de las mentiras,  en tanto desvió la mirada de los profesionales hacia un lugar distinto en el que estaban detenidos, fijados. El cambio de mirada de los educadores permite a Alejandro, un poco más liberado, ocuparse de otras cosas.

Vemos en el caso de Alejandro como el síntoma del hermetismo es una respuesta a lo que viene del Otro familiar cuya intrusión era muy difícil de eludir y que luego es desplazado frente al imperativo educativo: “ábrete”. Este imperativo surge a partir de lo que podemos calificar como una falsa creencia muy habitual en estos casos: la idea de que estos niños tienen muchas cosas guardadas y que han de soltarlo.

Sin lugar a dudas, desde la perspectiva del psicoanálisis, podemos pensar que es necesario construir un cierto nivel de narración ya que la narración es un esfuerzo por establecer orden en un universo que muchas veces parece haber perdido el sentido. Pero también sabemos que no todo relato es una narración. El hermetismo de Alejandro hace presente un silencio que hemos de tomar como un hecho de lenguaje. Somos los profesionales que lo atendemos los que estamos a cargo de restituir ese silencio como un eslabón en una cadena histórica de la que nosotros mismos somos llamados a ser testigos. De alguna manera leemos el encargo de trabajo con sujetos desamparados como un intento de preservarlos de lo que Cirulnik nombraba como el “exilio de la infancia”.

Susana Brignoni, Mayo 2013


[1] Soporte Técnico es el nombre que damos a las reuniones periódicas que realiza un psicoanalista del SAR (Servicio de asesoramiento a residencias de la Fundación Nou Barris) con los educadores de los Craes(Centros residenciales de Acción Educativa) para tratar las dificultades de los niños y adolescentes tutelados con los que trabajan.

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