CUADERNOS SOBRE CINE: FRANCOIS TRUFFAUT Y LOS EFECTOS DE LA EDUCACIÓN

 Francois Truffaut era un chico marcado por el desencanto familiar y la figura de un padre ausente que no llegó a conocer. Un joven que deambulaba por las callejuelas del París de los años 40 sin saber qué hacer.

FRANCOIS TRUFAUT rodando la última secuencia de su extraordinaria opera prima LOS CUATROCIENTOS GOLPES, 1959.

FRANCOIS TRUFFAUT rodando la última secuencia de su extraordinaria opera prima LOS CUATROCIENTOS GOLPES, 1959.

No obstante, algo le llevaba una y otra vez a frecuentar las salas de cine, solo allí encontraba refugio y esperanza frente a las tensiones y rupturas familiares que lo atravesaban. Parece pues que este encuentro, contingente pero inevitable, entre el cine y el joven Truffaut dejó sus marcas. Un encuentro imborrable que dejó su huella.

Aquel joven al que nadie escuchaba ya había inventado algo frente al mundo hostil al que había sido arrojado, un mundo que no le gustaba en absoluto. En los reformatorios en los que estuvo, poco aprendió. No obstante hubo alguien capaz de ver que esta invención del chico merecía ser tomada en cuenta. De nuevo otro encuentro, esta vez, con Andre Bazín, quien le rescató de la cárcel y lo impulsaría como crítico de cine en sus Cahiers de Cinema.

Los efectos de estos “inesperados” encuentros necesitaron de un tiempo para cristalizar. Un tiempo que es el tiempo subjetivo necesario para que la educación entendida como apropiación de los legados culturales pueda acontecer. Un tiempo que es Otro. Algo que siempre nos remite a un futuro impredecible, a los efectos de la educación referidos a un porvenir que, como bien dice la palabra, aún no está escrito. Es por esto que los efectos de la educación no son evaluables.

El imposible de la educación es sin duda tomar muy en serio que no todo puede ser calculado y controlado por las evaluaciones de resultados. Hay siempre, en cada uno de nosotros, un imposible que necesita de un consentimiento y de un tiempo para que el sujeto pueda apropiarse de aquello que la educación y la vida pueda proveer.

Yo he tenido una infancia penosa y recuerdo que estaba impaciente por llegar a adulto, me parecía que los adultos tienen todos los derechos, que pueden dirigir su vida como quieren… Quiero decir también que guardo un mal recuerdo de mi juventud, y que no me gusta la forma en que suele tratarse a los niños. Si no hubiera elegido este oficio sería instructor. (…) Siempre estamos influidos por las cosas de la infancia, porque nos devuelven a nuestros orígenes y a los orígenes de la vida. El niño inventa la vida, se golpea, pero desarrolla al mismo tiempo todas las facultades de resistencia.  La infancia es el mundo que mejor conozco. Me siento mejor con un niño que con un adulto. Las personas están demasiado impresionadas por un papel social para ser verdaderamente sinceras. No puedo tener una conversación con ellas más que cuando hablamos de cine. Con los niños, por el contrario, puedo hablar de todo.”

FRANCOIS TRUFFAUT

INTERABIDE ASOCIACIÓN EDUCATIVA

 

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